Los años 90 fueron en Argentina una época de bienestar ficticio. Había una paridad peso dólar, sostenida por los dineros del Estado (por el desguace del Estado), que nos permitía hacer turismo fuera del país, y comprar como si perteneciéramos al primer mundo, y no al tercero (clasificación odiosa si las hay).
Las barreras a la importación caían indiscriminadamente, llenándonos de productos cada vez más baratos. Semana a semana veíamos descender los precios de televisores, equipos de música, reproductores de DVD, computadoras, y demás fetiches que a las personas nos gusta alabar, poseer, y luego descartar para iniciar nuevamente el ciclo.
Vivíamos en un paraíso inventado (neoliberalismo que le dicen), que pronto comenzó a dar muestras de sus puntos débiles. Importar a mansalva no es sólo importar, es también dejar de fabricar. Y si no se fabrica, las industrias cierran, y entonces nos quedamos sin trabajo.
Para mediados de los 90 teníamos ya demostraciones cercanas de todo esto. Familiares y amigos (cuando no uno mismo) testimoniaban en carne propia lo que significaba quedar excluido del sistema. Con un mercado laboral cada vez más chico, era prácticamente imposible volver a entrar. Y la curva de desempleo seguía en ascenso.
El sistema educativo, como no podía ser de otra manera, acompañaría la decadencia. Se adoptaría en casi todo el territorio un régimen polimodal, que nos dejaría sin escuelas técnicas (¿para qué queríamos escuelas técnicas, si los empleos de ese tipo eran cada vez menos?).
Pero, claro, todo esto es fácil de ver ahora, a veinte años de iniciado ese proceso, y a casi diez de que explotara, en la crisis de 2001, con índices de pobreza y desempleo inauditos. En las idas y vueltas cotidianas cuesta más abrir los ojos, y entender en qué punto de la historia se está parado.
Sin embargo, hubo una provincia que sufrió anticipadamente (quizá no la única, pero sí la de mayor intensidad) lo que vendría luego a nivel nacional. Esa provincia se mantuvo en lucha durante todos los 90, y vio cambiar gobernadores como cambiarían luego presidentes a comienzos de la siguiente década. Esa provincia fue Jujuy.
Desde allí llegarían imágenes de revuelta (inentendibles entonces) hasta la Capital Federal. Se conocería de nombre al perro Santillán, se lo respetaría sin saber porqué, y se lo olvidaría tiempo más tarde. Nacerían allí movimientos sociales, que luego proliferarían por todo el país, y aparecería uno, entre ellos, que no dejaría de crecer con los años, a fuerza de trabajar, construir, y luchar siempre por los más pobres.
Ese movimiento es la
Organización Barrial Tupac Amaru, liderada por una mujer de mucha fuerza: Milagro Sala. Es aquí donde este pedacito de historia reciente, vista con los ojos de quien escribe, viene a confluir con nuestro tema habitual, que son los libros.
En la última Feria del Libro de Buenos Aires, se presentó
Milagro Sala. Jallalla. de la escritora y periodista
Sandra Russo. A través del cuál conseguimos internarnos en la vida sencilla y admirable de esta mujer, con un pasado difícil y errante por momentos, pero que supo levantarse para ayudar, a su vez, a que otros también lo hicieran.
Veamos a continuación qué dice la contratapa del libro.
"Nosotros hemos plantado bandera. Donde haya una bandera de la Tupac no va haber atropello. Al contrario: lo que nosotros queremos es reivindicar a los compañeros con salud, educación y trabajo. Esa es la base. Eso dicen las paredes del barrio y de esta ciudad, y de muchas ciudades de este país. Salud, educación y trabajo. Eso sí contribuye a la pacificación social. Una vivienda digna para todos, y que el compañero que por ahí ha nacido en un lugar muy pobre vuelva a recuperar su autoestima. Eso queremos".
Milagro
"En retazos, por pinceladas, en diálogos, en anécdotas, late aquí la historia de una mujer jujeña y la de su organización, del modo en que fue posible relatarla. Es la historia de la organización social más grande hoy en la Argentina, y la primera en provenir de lo profundo de este país, de lo oculto, lo desterrado. No tengo ninguna duda, mientras termino de escribir este libro, de que la Tupac Amaru seguirá creciendo, porque lo que multiplica no son solamente viviendas. Multiplica esencialmente ciudadanos de derecho pleno. Conocí a muchísimos hombres, mujeres, ancianos y niños felices. Los vi llevar adelante sus vidas con la dignidad de quien siembra y recoge. Y si la política sirve para algo, es para eso. Jallalla, Milagro".
Sandra