sábado, 5 de mayo de 2012

Esclavitud Siglo XXI

Luego de leer hace un tiempo una entrada en el blog de Maribel Romero Soler, y de opinar en ella, tuve necesidad de escribir el poema que hoy comparto. Este mismo encontró lugar más tarde en las páginas del libro Soy Culpable.

Esclavitud Siglo XXI

Sé que te duele la pobreza,
la injusticia,
el chiquito con hambre
deambulando por los trenes
que un día se hará padre
de chiquitos con hambre
deambulando por los trenes.

Sé que te hiere el campesino
hacinado en un container
mientras desflora el trigo,
y trabaja sin descanso,
y le pagan cuando quieren,
y le dicen no hay derechos,
o no lo dicen
porque se sobreentiende.

Sé que te indignan los talleres
donde hermanos bolivianos
cosen por unas monedas
para grandes y exclusivas marcas,
desde que el sol asoma
hasta que el sol se pone,
o quizá más
porque no hay ventanas
para poder constatarlo.

Sé que sabés
de los niños vendidos
en las provincias pobres,
como si fueran pan,
o alcauciles,
o cebolla,
o una bolsa de papas
recién arrancadas de la tierra.

Sé que intuís
que educar es el camino,
la única forma
de romper el círculo,
de elevar conciencias,
y de abrir los ojos
hacia una libertad aproximada.

¿Pero cómo lo harías
sin quedarte en lamentos,
en parálisis,
en expresión de deseo
dura y muda?

¿Cuántos intereses sospechás
(los de siempre,
los que se frotan las manos
y le sacan jugo
a todo esto)
se opondrían de manera explícita,
o disimulada,
a tu no-parálisis?

Alejandro Laurenza
del libro Soy Culpable

sábado, 21 de abril de 2012

A veces

A veces te sentís cansado. Estás haciendo lo que te gusta, lo que decidiste hacer a conciencia, y las cosas van más o menos bien, pero aún así te sentís cansado.

Seguir batallando a pesar de todo, mantener la regularidad establecida, o hacer un alto que permita estirar las piernas y tomar aire, para arrancar luego con renovados bríos. Tal es la disyuntiva. Correr por un lado el riesgo de que el cansancio se acumule hasta volver la tarea menos agradable, o perder, por otro, la inercia de una actividad que resulta cada día más fructífera.

La almohada sabrá seguramente resolverlo. Lo ha hecho antes y lo hará también ahora. ¿Para qué ponerlo en duda?

Mientras tanto a no pensar, a dejar que la vida se vaya dando.

sábado, 14 de abril de 2012

La gente ya no lee

La gente ya no lee. Se prefiere la televisión y la computadora a tomar un buen libro. Los chicos se pasan el día entero con los video juegos. ¿Adónde vamos a parar?

Sin embargo, como contrapartida a estas frases hechas, en la ciudad de Buenos Aires (y digo Buenos Aires porque es la que mejor conozco) las cadenas Yenny, El Ateneo, Distal y Cúspide se disputan espacios sobre las calles más comerciales y los shoppings, llegando en ocasiones a hallarse uno justo frente al otro; las librerías de barrio siguen adelante, con más o menos esfuerzo, y no sé de ninguna que haya cerrado sus puertas en los últimos diez o quince años; las ferias de libros permanentes despliegan desde hace décadas todo su potencial en lugares tales como Parque Rivadavia, Parque Centenario, Plaza Italia, etc; la Feria del Libro tradicional recibe cada año un número récord de visitantes, produciendo asombro hasta en los medios de comunicación más pesimistas (bienintencionados o no).

Todo esto a pesar de la gente, y la televisión, y la computadora, y los chicos.

En lo personal, las cosas no resultan distintas cuando salgo a ofrecer mis libros. Hago como el cuento del sapito sordo, ese que consigue escapar del pozo profundo en que hubo caído, por no poder escuchar el conglomerado de voces que pronostican lo contrario.

Está bien. También se puede decir que los libros se compran pero no se leen, que en muchos casos se regalan y quedan luego tirados en una biblioteca donde se amontona el polvo . Y entonces vuelvo a refutar (me encanta hacerlo): no somos pocos quienes apelamos a la lectura mientras viajamos en subte o en tren (en colectivo no tanto), o mientras tomamos aire en el banco de una plaza. De libros abiertos en soledad no quedan testigos (salvo el lector mismo), así que no vienen al caso.

Lo dicho. Algunos leemos y otros no. Son más los que no lo hacen (no lo voy a negar), pero las generalizaciones, como siempre, son injustas.

domingo, 8 de abril de 2012

Al lado del camino

Quilmes Rock 2012. Telonero de lujo de Charly García. Pero de este último hablamos una vez y otra. Es el turno del primero, del rosarino.

Es cierto. No es el mismo de antes. Quizá la inspiración no sea la misma, o no lo sean las entrañas a la hora de interpretar una canción. Pero después de treinta años, o más, raspando las asperezas de la vida a través de la música, o internándose lo suficiente como para no salir ileso, ¿quién puede jactarse de seguir siendo el mismo?

Hace poco más de una década dijo estar Al lado del camino. Y lo hizo en su elemento, claro. Nos preguntamos entonces, ¿de qué se trata eso?

¿Será que todo te resbale, que ya nada importe nada? ¿Será un modo fácil de pasar por el mundo, sin que el otro consiga hacerte mella? O, por el contrario, ¿consistirá en abrir los ojos un poco más de lo habitual, esquivando esas rutinas adormecedoras (y cómodas, y calentitas, donde da gusto quedarse) que suelen disfrazarse de responsabilidades ineludibles, e intentar saber al otro y al uno mismo, para bien y para mal, y aceptar que todo puede ser un juego o un escenario en el que elegimos siempre (por acción u omisión) el personaje que mejor nos queda?

En fin. Al lado del camino. Para escuchar, y pensar, y discutir. Al lado del camino. Fuerza, crudeza e ironía. Al lado del camino. Fito Páez.

Al lado del camino (descargar mp3)

Me gusta estar al lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta abrir los ojos y estar vivo
tener que vérmelas con la resaca
entonces navegar se hace preciso
en barcos que se estrellen en la nada
vivir atormentado de sentido
creo que ésta, sí, es la parte mas pesada

en tiempos donde nadie escucha a nadie
en tiempos donde todos contra todos
en tiempos egoístas y mezquinos
en tiempos donde siempre estamos solos
habrá que declararse incompetente
en todas las materias de mercado
habrá que declararse un inocente
o habrá que ser abyecto y desalmado

yo ya no pertenezco a ningún istmo
me considero vivo y enterrado
yo puse las canciones en tu walkman
el tiempo a mi me puso en otro lado
tendré que hacer lo que es y no debido
tendré que hacer el bien y hacer el daño
no olvides que el perdón es lo divino
y errar a veces suele ser humano

no es bueno hacerse de enemigos
que no estén a la altura del conflicto
que piensan que hacen una guerra
y se hacen pis encima como chicos
que rondan por siniestros ministerios
haciendo la parodia del artista
que todo lo que brilla en este mundo
tan sólo les da caspa y les da envidia

yo era un pibe triste y encantado
de Beatles, caña Legui y maravillas
los libros, las canciones y los pianos
el cine, las traiciones, los enigmas
mi padre, la cerveza, las pastillas
los misterios, el whisky malo
los óleos, el amor, los escenarios
el hambre, el frío, el crimen, el dinero y mis 10 tías
me hicieron este hombre enreverado

si alguna vez me cruzas por la calle
regálame tu beso y no te aflijas
si ves que estoy pensando en otra cosa
no es nada malo, es que pasó una brisa
la brisa de la muerte enamorada
que ronda como un ángel asesino
mas no te asustes siempre se me pasa
es sólo la intuición de mi destino

me gusta estar al lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta regresarme del olvido
para acordarme en sueños de mi casa
del chico que jugaba a la pelota
del 49585
nadie nos prometió un jardín de rosas
hablamos del peligro de estar vivo
no vine a divertir a tu familia
mientras el mundo se cae a pedazos
me gusta estar al lado del camino
me gusta sentirte a mi lado
me gusta estar al lado del camino
dormirte cada noche entre mis brazos

al lado del camino
al lado del camino
al lado del camino
es más entretenido y más barato
al lado del camino
al lado del camino

Fito Páez
del disco “Abre”

miércoles, 28 de marzo de 2012

Vivir para contarla (II)

Continuamos con la autobiografía Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez.

Yo era el más desvalido de la cofradía, y muchas veces me refugié en el café Roma para escribir hasta el amanecer en un rincón apartado, pues los dos empleos juntos tenían la virtud paradójica de ser importantes y mal pagados. Allí me sorprendía el amanecer, leyendo sin piedad, y cuando me acosaba el hambre me tomaba un chocolate grueso con un sanduiche de buen jamón español y paseaba con las primeras luces del alba bajo los matarratones floridos del paseo Bolívar. Las primeras semanas había escrito hasta muy tarde en la redacción del periódico, y dormido unas horas en la sala desierta de la redacción o sobre los rodillos del papel de imprenta, pero con el tiempo me vi forzado a buscar un sitio menos original.

....

La solución, como tantas otras del futuro, me la dieron los alegres taxistas del paseo Bolívar, en un hotel de paso a una cuadra de la catedral, donde se dormía solo o acompañado por un peso y medio. El edificio era muy antiguo pero bien mantenido, a costa de las putitas de solemnidad que merodeaban por el paseo Bolívar desde las seis de la tarde al acecho de amores extraviados. El portero se llamaba Lácides. Tenía un ojo de vidrio con el eje torcido y tartamudeaba por timidez, y todavía lo recuerdo con una inmensa gratitud desde la primera noche en que llegué.

....

Nunca había estado en un lugar tan tranquilo. Lo más que se oía eran los pasos apagados, un murmullo incomprensible y muy de vez en cuando el crujido angustioso de resortes oxidados. Pero ni un susurro, ni un suspiro: nada. Lo único difícil era el calor de horno por la ventana clausurada con crucetas de madera. Sin embargo, desde la primera noche leí muy bien a William Irish, casi hasta el amanecer.

....

No me amilané. El viaje a Caraca con mi madre, la conversación histórica con don Ramón Vinyes y mi vínculo entrañable con el grupo de Barranquilla me habían infundido un aliento nuevo que me duró para siempre. Desde entonces no me gané un centavo que no fuera con la máquina de escribir, y esto me parece más meritorio de lo que podría pensarse, pues los primeros derechos de autor que me permitieron vivir de mis cuentos y novelas me los pagaron a los cuarenta y tantos años, después de haber publicado cuatro libros con beneficios ínfimos. Antes de eso mi vida estuvo siempre perturbada por una maraña de trampas, gambetas e ilusiones para burlar los incontables señuelos que trataban de convertirme en cualquier cosa que no fuera escritor.


Gabriel García Márquez
fragmentos del libro “Vivir para contarla”

sábado, 17 de marzo de 2012

4000

Solía decirme a mí mismo, por lo bajo, como una especie de mantra, que con cada libro vendido estaba un paso más cerca de vivir de la literatura. Me autoconvencía de que no hacía falta mirar el panorama completo, ni hacia adelante ni hacia atrás, sino concentrarse en ese pequeño granito que acababa de suceder, o sucedería pronto.

Eso cuando salía a la plaza, después de haber trabajado todo el día en actividades que en algún tiempo habían sabido cautivarme, pero ya no. Muchas veces cansado mentalmente, y con la necesidad de olvidar ese cansancio, para poder ofrecer de un modo más o menos digno el fruto de desvelos anteriores, de horas de fervor dedicadas al papel y al lápiz.

Cualquiera que haya vendido alguna vez (lo que sea: tomates, productos electrónicos, caramelos, o el objeto de su propia creación) sabe bien que el ánimo lo es todo para que esa venta se concrete, y más aún cuando el comprador no va a buscar lo que necesita a un negocio, sino que de repente se lo están ofreciendo en medio de la calle, y ni lo espera ni lo quiere, al menos de antemano.

Hoy es distinto. Dedico una parte de mi tiempo a escribir, otra a corregir y publicar, y una última a vender. Ya no vengo cansado de otras actividades, e intento elegir los momentos y lugares en los que mejor me siento. Cada mañana, según las ganas con las que me haya levantado, decido a qué lugar de la ciudad iré a ofrecer mis libros. Y la ciudad, por suerte, es lo bastante grande como para dejarse recorrer sin demasiadas planificaciones: alcanza con anotar los barrios transitados, desmenuzados poco a poco en ese ir y venir azaroso.

Todo esto para decir que acabo de vender el ejemplar número cuatromil. Un hito más en el desafío de los números redondos. Sin embargo, aunque ya no me repita todos los días que cada libro es importante, creo haberlo asimilado definitivamente. Entendí, además, que lo primordial es disfrutar del momento en que se vende (como ya lo hacemos al escribir y publicar), y tratar de fluir de la mejor manera posible. El resto viene solo.

domingo, 11 de marzo de 2012

Rabindranath Tagore

Llegó por casualidad a mi biblioteca. Fue hace tres o cuatro años. Edición sencilla. Contenido inesperado. Sus Entrevisiones de Bengala son una serie de cartas elegidas, entre las muchas que escribió durante los años 1885 a 1895.

Pero estas cartas, colmadas de belleza, de profundidad, y de admiración por un mundo demasiado vasto (más vasto todavía al resguardo de la ciudad apabullante, y en contacto pleno con la naturaleza infinita), no fueron escritas para ser publicadas. Ni siquiera copia guardaba el autor. Volvieron a él más tarde, con el tiempo. Fue entonces cuando hallaron la posibilidad de reunirse en libro.

Rabindranath Tagore (1861-1941). Poeta, dramaturgo, filósofo, educador, músico y pintor indio. Su lengua materna, el bengalí. Conocedor también del sánscrito y el inglés; este último por formar parte entonces la India del imperio británico. Síntesis de Oriente y Occidente. Recibió el premio Nobel de literatura en 1913.

Los invito a descubrir su obra, si es que no la conocen ya. En lo personal, me prometo seguir buceando en ella, además de la relectura habitual de sus Entrevisiones de Bengala.

BOLPUR
2 de Mayo de 1892


Hay muchas paradojas en el mundo y una de ellas es que dondequiera que el paisaje es inmenso, el cielo ilimitado, las nubes íntimamente densas, los sentimientos insondables ─es decir en los que el infinito se manifiesta─ el compañero apropiado de toda esta grandeza es una pesona sola. Una multitud allí parece trivial y distrayente.

Un individuo y el infinito están en planos iguales, dignos de mirarse uno a otro, cada uno desde su propio trono. Pero donde están muchos hombres ¡qué pequeños se hacen la humanidad y el infinito! ¡Cuánto tienen que quitarse a golpes a fin de encajar uno en otro! Cada alma necesita tanto lugar para explayarse que en una muchedumbre tiene que esperar espacios por entre los cuales sacar un poco la cabeza estirada de rato en rato.

Así que el único resultado de nuestro ensayo de reunirnos es que nos hacemos incapaces de llenar nuestras manos unidas, nuestros brazos tendidos, con esta infinta e insondable extensión de la armonía del mundo.


Camino de GOALUNDA
21 de Junio de 1892


Imágenes de una variedad infinita, de arenales, campos de mieses y aldeas, entran desligándose en nuestra visión a un lado y a otro; nubes flotando en el cielo, florecimiento de colores para cuando el día encuentre a la noche. Pasan barcos, arrojan sus redes los pescadores; las aguas hacen líquidos sones acariciadores durante todo el día; su ancha extensión se acalla en la quietud del anochecer, como un niño que se va quedando dormido, y, sobre el agua, todas las estrellas del ilimitado cielo montan guardia; luego, mientras estoy velando, las orillas dormidas a cada lado, el silencio sólo se quiebra, de vez en cuando, por un agudo grito de chacal en el bosque cercano a alguna aldea o por fragmentos que, minados por la vida corriente del Padma, se desmoronan y despeñan desde la alta ribera, cayendo al agua.

No es que el espectáculo sea siempre de un especial interés; un arenal amarillento, carente de yerba o de árbol, se extiende hasta lo lejos; una barca vacía está atada a su borde; el agua azulada, del mismo matiz que el cielo brumoso, fluye pasándome. Sin embargo, no puedo expresar lo que me conmueve de tal manera. Sospecho que las antiguas inquietudes y anhelos de mis días de infancia, gobernados por criados, ─cuando en la solitaria prisión de mis habitaciones yo me entregaba a la lectura de “Las mil y una noches” y compartía con el marinero Simbad sus aventuras en muchos países extraños─ aún no están muertos dentro de mí sino que despiertan súbitamente al ver una barca vacía atada a un arenal.

Si yo no hubiera oído cuentos de hadas ni leído “Las mil y una noches” y “Robinson Crusoe” en la infancia, estoy seguro de que las riberas lejanas, o el lado más distante de los anchos campos, no me habrían conmovido así; el mundo entero, a decir verdad, hubiera tenido un sentido diferente para mí.

¡Qué marañas de fantasías y realidades se enredan dentro del pensamiento del hombre! Las tramas diferentes ─menores y mayores de cuentos, acontecimientos e imágenes─, ¡cómo se anudan unas a otras!


SHELIDAH
10 de Agosto de 1894


Anoche me despertó un zumbido de aguas que se precipitaban ─una repentina interrupción alborotada de la corriente del río─ debido probablemente al embate de una cascadilla, cosa que ocurre con bastante frecuencia en esta estación. Los pies, sobre el maderamen del barco, se dan cuenta de la existencia de una variedad de fuerzas que trabajan bajo ellos. Ligeros temblores, pequeños balanceos, suaves ondeos y repentinas sacudidas; todo ello me tiene en contacto permanente con el pulso de la corriente fluidora.

Debió producirse alguna repentina conmoción en la noche para que despidiera a la corriente presurosa. Me levanté y me senté junto a la ventana. Una luz neblinosa hacía que el turbulento río pareciera más revuelto que nunca. El cielo estaba manchado de nubes. El reflejo de una gran estrella, enorme, se estremecía sobre las aguas como si fuera una ardiente desgarradura de dolor. Ambas riberas aparecían vagas con el empañamiento del sueño y entre ellas estaba esta loca inquietud desvelada que seguía corriendo y corriendo sin pararse a pensar en las consecuencias.

El contemplar una escena como ésta en medio de la noche, le hace a uno sentirse del todo una persona diferente y pensar que la vida a la luz del sol es sólo una ilusión. Después, nuevamente, con la mañana, ese mundo de medianoche se despintaba convirtiéndose en país de ensueño y se desvanecía en el aire. Los dos son bien diferentes y, sin embargo, los dos son verdad para el hombre.

El mundo del día me parece como la música europea, sus acordes y cacofonías revolviéndose unos a otros en una gran progresión de armonía. El mundo de la noche, como la música india; pura melodía desligada, grave y penetrante. Aunque su contraste sea tan marcado, las dos nos conmueven profundamente. Este principio de lo opuesto está en la misma raíz de la creación que se encuentra dividida entre el reinado del Rey y de la Reina; de la Noche y del Día; el Uno y el Vario; el Eterno y el Evolucionador.

Nosotros, los indios, estamos bajo el reinado de la Noche. Estamos sumergidos en lo Eterno y en el Uno. Nuestras melodías son para ser cantadas a solas, a sí mismos; nos sacan del mundo cotidiano a la soledad de lo aislado. La música europea es para la multitud que se la lleva, bailando por los montes y los valles de las alegrías y las penas de los hombres.


Rabindranath Tagore
cartas del libro “Entrevisiones de Bengala”