domingo 22 de enero de 2012

El poder de la atracción

Un día un amigo me prestó esa especie de documental llamado El secreto, que básicamente habla del poder de la atracción que tendría la mente del hombre, y que le permitiría alcanzar (o hasta convertirse él mismo) aquello en lo que más piensa. Intercalando testimonios de personas que dicen vivir cada día utlizando de manera consciente ese poder de atracción (nombrado una y otra vez, justamente, como el secreto), con escenas ejemplificadoras y citas (encajadas con más o menos acierto) de personajes de peso de la historia, consigue al menos sembrar la duda (y el deseo de probarlo) en el espectador.

Visto en este caso por un bicho raro (que vengo a ser yo), de esos que por un lado creen que cualquier cosa es posible, que la vida es tan amplia y sabemos tan poco de ella que difícilmente seamos capaces de negar nada; pero que al mismo tiempo cuando llega la hora de creer o no creer, de hacerlo con el cuerpo entero y ya no con los divagues pretenciosos del raciocinio, se inclina casi siempre por la segunda opción, tal como dejé sentado alguna vez en este espacio.

Visto por un bicho raro, decía, que se encontraba casualmente (desde varios años ya) intentando cambiar de vida, sabiendo que no deseaba seguir analizando sistemas ni programando computadoras, mientras hacía catarsis por las mañanas o las noches sobre un papel cualquiera, dando lugar a poemas de cierta contundencia como La crisis, pero que, sin embargo, no se le ocurría (o no se animaba) plantearse que ese cambio podría estar dado por los mismos papeles que solía garabatear; en fin, sorprendido con la guardia baja, puede asirse (pudo asirse) a cualquier fragmento de esperanza: incluso a la posibilidad de vivir de sus propios escritos.

Llevaba en aquella época sólo dos libros independientes publicados (Silencios de un Mundo y Libertad y otras yerbas), vendidos esporádicamentes en parques y plazas cuando el estudio y demás obligaciones autoimpuestas me lo permitían, y una acumulación de más de cinco años de nuevos poemas que no reclamaban en lo más mínimo ver la luz. Y fue entonces cuando se encendió la llama, esa que ahora trato de alimentar todos los días, sin tanto pensamiento inúltil, y que me llevó a publicar Maldita Conciencia.

Este nuevo libro, tomado no sólo como el fruto de un soñador que deja testimonio de su sencillo paso, sino también como prueba de un futuro posible, distinto y posible, me dejó con la boca abierta ya en los primeros días de salir a ofrecerlo. Cuando antes alcanzaba, como una exageración, a vender cuarenta o cincuenta ejemplares al mes, podía ahora duplicar la cifra con facilidad.

¿Pero qué había cambiado? ¿No era yo el mismo muchacho que salía a la plaza, luego de su jornada de trabajo habitual, o que se iba al parque los días sábados y domingos? ¿Puede la convicción modificar los resultados de manera tan radical? ¿Existe realmente el poder de la atracción, o se trata sólo del optimismo focalizado?

No tengo respuestas, como para casi todo. Pero lo cierto es que después de aquel primer click, cuando me propuse con seriedad vivir de mis libros, los avatares de la vida diaria dieron un vuelco.

Continué mi camino. Escribí por casualidad un libro infantil narrado por un perro, El diario de Toba, que no sólo me llenó de alegría mientras le daba forma, sino que además aumentó considerablemente las ventas, ya que apuntaba a un público distinto, es decir los niños, con quienes los adultos reparamos menos en gastos. Insisto, fue casualidad (¿o acaso atracción?): no pensaba escribir para chicos, pero surgió.

Hoy, con el poemario Soy Culpable publicado hace pocos meses, que aprendió pronto a dar más frutos que el anterior, sigo oscilando entre creer y no creer, entre creer o reventar, mientras quintuplico las ventas mensuales de aquellos tiempos lejanos (cuatro años pasaron ya), antes de hacer en mi cabeza el mencionado click, antes de sospechar siquiera que alguien pudiera hablar de la atracción posible de la mente.

lunes 9 de enero de 2012

Más libros en Amazon

Si Maldita Conciencia hizo las veces de prueba piloto en Amazon, la suma de dos nuevos libros electrónicos quizá me permita afianzarme en esta plataforma. Se trata de los títulos Soy Culpable y Libertad y otras yerbas.

Es cierto que por el momento los resultados fueron magros en términos de unidades vendidas (tal vez, entre otras cosas, porque la poesía suele tener dificultades mayores a la hora de hacerse un espacio), pero aún así considero interesante contar con esta alternativa. No debemos olvidar que por un lado nos permite acceder, en forma de libro, al mundo entero; y, por otro, parece constituirse como un modo cierto de lectura a futuro (aunque seguramente no vaya a ser el único).

En Argentina casi no se ven todavía por la calle lectores Kindle, (o similares, abocados sólo a libros, bajo el sistema de tinta electrónica) y hasta diría en los comercios que deberían proveerlos; sin embargo eso no quita que, más tarde o más temprano, empiecen a utilizarse, como sucede en otros países.

Así que ya saben, cuando lo deseen podrán encontrar estos libros en mi perfil de Amazon.

viernes 30 de diciembre de 2011

Un año

Termino el año algo cansado pero satisfecho. Se cumple el primer aniversario desde que decidiera dedicarme en exclusiva a mis libros. Las cosas han ido bastante bien.

Claro que tuve que enfrentarme a los vaivenes típicos del cambio, a la inseguridad de estar moviéndome en arenas desconocidas, impredecibles. Debí superar los bajones anímicos, naturales en estos vuelcos rotundos; lo que me hizo salir al fin fortalecido.

En contrapartida, obtuve el éxtasis de los buenos resultados, poco más que duplicando mis objetivos iniciales de venta. Seguiré trabajando entonces en el mismo sentido.

Nació mi hija: de las contadas cosas que sí estaban en los planes. La decisión de concebirla apuró también el cambio de labores. Sabía que luego sería más difícil, se sumaría un miedo fundamental a la hora de tomar riesgos.

Publiqué un nuevo libro de poesía, y lancé la tercera edición del infantil. Nos encontramos preparando ahora, junto a la dibujante, el segundo volumen de este último, que se estrenará probablemente entre los meses de enero o febrero próximos.

Intenté publicar mi novela para adultos por las vías tradicionales de edición. Firmé contrato para ello con una agente de Estados Unidos, hace algo más de siete meses. A esta altura supongo que las posibilidades son escasas, casi nulas diría. Pero no importa. De una manera u otra hallará su lugar.

En fin, fue un año de trabajo, de ir hacia delante sin saber lo que vendría (como casi siempre sucede, aunque creamos saberlo). Traté de no enroscarme, a veces con más éxito y otras veces con menos.

Creo haber crecido, sin necesidad de fosilizarme. De eso se trata, ¿no?

domingo 25 de diciembre de 2011

En la distancia

Encontrándome en Chile, a fines de 2009, por motivos de mis actividades de sistemas (esas mismas que abandoné, al menos provisoriamente, a principios de este año), compuse el poema En la distancia, que luego formaría parte del libro Soy Culpable.

En la distancia

Se agita levemente
una pequeña rama
en el cantero aquel,
(la tarde fue de lluvia),
las últimas gotas
se escurren por el vidrio,
perezosas,
(el cielo está escondido todavía),
quizá mañana asome el sol
y las montañas nevadas
surjan tras las nubes,
(pasan los autos a lo lejos),
y tal vez salga a caminar
y piense, amor,
¿por qué no estás conmigo?,
(flota una música en el aire),
y ande las tierras de Neruda
y sea feliz
por un momento,
(va cayendo la noche poco a poco),
y recorra su Isla Negra
y quede embelesado
como un niño,
(los últimos colores ya se apagan),
y permanezca frente al mar
con los brazos abiertos
esperando que vengas,
(ahora todo es silencio),
mientras el viento
me golpee con fuerza
y me haga sentir vivo,
(quedo solo en la penumbra),
y vuelva a interrogarme
y a decir, amor,
¿por qué no estás conmigo?

Alejandro Laurenza
del libro Soy Culpable

miércoles 14 de diciembre de 2011

El médico

Uno lee. Pasa horas leyendo. Termina un libro y comienza otro. Y hasta se atreve por momentos a dejar transcurrir dos o más simultánemente, como algo natural, como un contrapunto buscado entre historias densas quizá, problemáticas, profundamente existenciales, y otras que fluyen de manera simple, y que a la vez hacen fluir.

Y al alcanzar una última página, una última línea de un último párrafo, uno consigue sentirse más o menos satisfecho; contrastando así el acierto, o no, de aquella intuición primera que lo llevó a abrir justamente ese libro y no otro.

Pero pocas veces (contadas diría yo) embarga, luego de esa última línea, una sensación plena de gratitud, de abandono, de haber tenido entre las manos una obra que justifica a tantas otras: por la que ha valido la pena la búsqueda.

Acaba de sucederme. Hace minutos di vuelta la página final, de las más de ochocientas que lo componen, de El médico de Noah Gordon. Se los recomiendo: tengo la obligación de hacerlo; de la misma manera que antes me lo recomendaron a mí.

No digo más. Dejo que hable su texto de contratapa.

Esta fascinante novela describe la pasión de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor de sus semejantes e impartir el don casi místico de sanar que le ha sido otorgado. Esa pasión le llevará desde la brutalidad y la ignorancia de la Inglaterra de su época a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocerá al legendario maestro Avicena, que está experimentando con las primeras armas de la medicina moderna. Nueve siglos han transcurrido desde aquel entonces, pero el talento narrativo de Noah Gordon hace de este viaje iniciático una experiencia única que convierte la historia en vida real.

jueves 8 de diciembre de 2011

México

La canción de Arjona que pongo abajo me recuerda porqué lo admiro (no sólo al artista, sino también al aventurero), a pesar de lo desparejo de su obra.

México (descargar mp3)

Mi madre me encomendó a la Virgen de Guadalupe,
tomé mi guitarra, mis cosas y me fui rumbo al norte,
crucé la aduana de Guatemala con más miedo que ganas.

Entré recogiendo las musas que dejaron tiradas
Chava Flores, José Alfredo y el mismo Agustín Lara,
y con los restos fui formando un quién diría
y una primera vez, y estaba solo
con un Jesús, verbo no sustantivo en la garganta.

Estaba en México, sin un centavo
me sentía un hombre de éxito,
México, México,
el destino me pintó el camino
que me trajo hasta aquí.

No sé si fueron los tequilas pero hablé con Negrete,
aquella noche en el Tenampa que acabó al otro día,
y en División del Norte tomé un taxi que después fue canción.

Estaba tan desesperado esperando su turno
con una ensarta de canciones el animal nocturno
y el miedo se convertía en respeto
por cantarles aquí, en la misma tierra
de Manzanero, la Beltrán y Pedro Vargas.

Estaba en México, sin un centavo
me sentía un hombre de éxito,
México, México,
el destino me pintó el camino
que me trajo hasta aquí.

Caminando en la Alameda, me platicaba una anciana,
Pedro Infante está vivo, pasa todas las mañanas,
y es que aquí lo que se ama nunca muere.

México,
sin un centavo me sentía un hombre de éxito,
México,
el destino me pintó el camino.

Ricardo Arjona
del disco “Si el norte fuera el sur”

lunes 28 de noviembre de 2011

Luces en la noche

En uno de esos almuerzos rodeado de libros, donde la comida pasa a un ultimísimo plano, llegó hasta mí Tibór Chaminaud con su poemario Luces en la noche.

Lemu Ruca

Levantamos
la cabaña
en lo alto del bosque.

Rodeada de cohíues
milenarios
y de rojas aljabas
que columpian
sus flores en el bosque.

Por sus ventanas
se nos mete el cerro.

En el otoño
con sus rojos ñires
y la sangre
radiante de sus lengas,
y en primavera
con el oro
fúlgido
de sus retamas.

Y ahora que es invierno
como un gran monje blanco
se vistió la montaña.

Como un gran monje blanco
que nos mira
estático y solemne
desde el profundo cielo.

Tibór Chaminaud
del libro “Luces en la noche”



Vacío

Por más que hablemos
ya no queda nada,
ni fuiste nunca
ni yo habré nacido.

Ni tuve días dorados
en la infancia
ni pájaros
volando de mis manos
ni lágrimas
ni risas
ni lamentos.

Por más que hablemos
ya no queda nada.

Ni leímos a Lorca
ni a Machado.

Ni una sombra
quedó de aquel Lugones
ni de Borges
que pasa
y que se aleja…

Ni fuimos a la escuela
cuando niños.

Ni juntamos
piedritas de colores
por los viejos
caminos de Entre Ríos
cuando llevábamos colgada la pizarra
─nuestro primer cuaderno─,
camino del colegio.

Nunca llevé a mi lado
tus quince años…

Jamás besé tu boca
ni gocé tu sexo
y no tuvimos hijos
ni pasamos felices
por la vida.

¿Dónde te fuiste
mi pequeño
juguete de colores?

¿Dónde andarás ahora
perdida entre la niebla
del vacío absoluto?

Tibór Chaminaud
del libro “Luces en la noche”